¿Ser exitoso es un concepto fundamentado en la Biblia?

“Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles:

 

Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar. Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.”

Lucas 14.7–11

Cuán ansiosos nos hallamos muchas veces de querer ocupar los primeros asientos, de querer impresionar a los demás, a nosotros mismos e incluso a Dios. Pero pensemos un instante, tal vez un poco más, ¿Qué debería anhelar un siervo de Dios? ¿En busca de qué estamos?

“¡Dios puede hacer realidad tus sueños! ¡Dios tiene un propósito para tu vida! ¡Sus propósitos para ti son grandes!…” Cuántas veces hemos escuchado estas declaraciones u ofertas similares de prosperidad en las Iglesias, emisoras de radio, canales de televisión e incluso las ves asomarse en tu inicio de Facebook. Muchas personas que dicen ser cristianas están anhelando lo grande, hay un pensar general que mide la calidad del siervo de Dios por su repercusión en las masas, “

Si tienes una Iglesia grande es porque estás haciendo las cosas bien, si tienes cientos de personas que hicieron una declaración de fe eres un gran evangelista, si eres reconocido eres un gran hombre de Dios…” pero… ¿de dónde sacamos esto? Jesús no buscó la aceptación de las masas, el mundo lo aborreció, los suyos no lo recibieron, entonces ésta no es la vara más apropiada para medir el éxito ministerial ni tampoco una meta a seguir. En la Palabra de Dios encontramos otra óptica. Pablo escribe a los filipenses:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

 Filipenses 2:3–8

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Sin dudas las costumbres del mundo han influido a gran parte de las Iglesias y se han introducido para hacer de los asuntos de Dios un tema de administración de empresas. Para el modelo económico neo-liberal el éxito está en lo cuantitativo y no en lo cualitativo, no importa lo que sea que estés ofreciendo, de qué calidad esté hecho el producto y si es útil, sólo importa vender en gran cantidad y obtener ganancias. Tristemente estos mismos conceptos rigen las expectativas de muchos cristianos hoy en día con respecto a los propósitos de Dios.

Por otro lado hay un peligro antagónico de caer en el conformismo. Creer que el objetivo es perseguir nuestros sueños, vivir una vida con una moralidad mínima, asistir a la Iglesia todos los domingos, dar el diezmo, obvio, y listo; total el resto de la semana se vuelve a la “vida real”. Pero ser discípulo requiere mucho más que eso, Jesús no es un mero acompañante, no es sólo un buen ejemplo a seguir. Él es la preeminencia en todo, todo gira en torno a Él y no en torno a nosotros, por Él y para Él fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:15–20). Si es que Dios nos llamó a ser sus seguidores hay un costo que el discípulo debe pagar, una vida que entregar, una negación a nosotros mismos que se nos requiere, por lo tanto una vida sin propósito tampoco forma parte de la voluntad de Dios para sus hijos.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.” Salmo 119:105

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La voluntad de Dios se encuentra en Su Palabra, todo está allí. No necesitamos vagar en busca de un propósito, Su verdad es el camino que Él quiere que sigamos, la forma en que quiere que vivamos y lo que espera que hagamos. Él ya nos reveló su propósito en la Biblia, en la cual creemos por un maravilloso milagro pagado nada menos que con la sangre de su Hijo. La meta del cristiano es vivir para la gloria de Dios en todo lo que haga, buscando cada día ser santos y deseando guardar Sus mandamientos, disfrutando de Sus beneficios y misericordias, anhelando hacer Su voluntad y no la propia. (Efesios 1:3–14)

Ser exitoso no es un concepto que tenga fundamentos en las Escrituras, porque todo lo que un hombre pueda llegar a hacer va a ser sólo lo que Dios haya puesto en sus manos para que haga, porque las obras que realice sólo serán aquellas que Él preparó de antemano para que anduviese en ellas (Efesios 2:10).

Nadie puede jactarse de ser exitoso delante de Dios. No nos conformemos con las apariencias, deseemos lo fundamental, como dijo Pablo luego de un largo trayecto vivido:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.” Filipenses 3:12

Escrito por: Por Pamela Sandoval

Gentileza vida en cristo

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